Tres días con los endemoniados, de Alardo Prats y Beltrán, 1929. (5/7)
TRES DÍAS CON LOS ENDEMONIADOS
Alardo Prats, 1929Edición El Inquilino Guionista, 2020
Los niños embrujados
Un grito unánime en las bocas:
—¡Angelitos! ¡Angelitos!
La gente, cruel y fanática que momentos antes contemplaba con un mal contenido regusto sensual —sensualidad extraña e inconfesable— las escenas que se han desarrollado hasta ahora en el semicírculo de la angustia, se siente transida, por un sentimiento de piedad.
El espectáculo de estos tres niños que han depositado las brujas junto a los cirios encendidos junto el ara de los prodigios, conmueve las raíces de las almas más duras.
—¡Angelitos! ¡Angelitos!
—¿Cómo es posible que estos tres infantes sufran a su tierna edad los tormentos horribles de la posesión diabólica? —Interrogo.
— ¡Voluntad de Dios! Hay niños que en el claustro materno ya son presa de la maléfica influencia de los diablos. No se puede medir hasta dónde llega el poder de un maleficio.
¡Ni el abismo insondable de brutalidad y superstición que estas palabras revelan pueden estar dentro de las normales concepciones humanas!
¡Horrenda tragedia la de estos pobres niños endemoniados! Víctimas cruelmente inmoladas a la loca superstición de sus padres. Ninguno de los tres cuenta más de cuatro años. ¡Cuerpecitos flacos, caras pálidas, ojos brillantes de fiebre!
—¡Angelitos! ¡Angelitos!
¿La voluntad de Dios puede permitir tales monstruosidades? Lloran los pequeños; lloran desgarradoramente, tendidos en el suelo. Les fuerzan a beber la repugnante mixtura de agua bendita y tierra sagrada. Dan libre expansión a sus elementales necesidades fisiológicas. Y miran al concurso borracho de vesania que les rodea, con ojos de un terror sobrehumano.
¡Claman al cielo estas monstruosidades! Nuestro rostro debe estar encendido por la indignación. ¡También les colocan los lacitos azules del exorcismo!
—¡Virgen Santísima, por los pies! ¡Que les salgan por los pies!
Espantoso griterío. Voces que cantan los gozos. Media hora soportando esta iniquidad.
—¡Madre! ¡Madre!... —balbucea un pequeño entre llantos desgarradores.
¡Las madres no acuden! Esperan a la puerta de la caverna el prodigio de su hijos liberados. Arrodilladas sobre los duros guijos, impasibles, mudas, mientras en las pausas de los cánticos que conmueven el interior de la espelunca, los niños, horrorizados ante las luces temblorosas y los rostros extraños de la muchedumbre, lloran y vociferan: «¡Madre! ¡Madre!» Vagidos de cabritillo en el degolladero.
Finado el exorcismo, las madres, en la verja que rodea el recinto de la imagen, colocan un vestidito nuevo de cada pequeño. Un vestidito cosido con la amorosa solicitud de una mujer que esperase el nacimiento del fruto de su más grande amor. Porque el niño, después de la liberación, vuelve a una nueva vida.
—Ya están «en gracia» —se asegura—. ¡Angelitos del cielo! ¡Ya están en gracia de Dios!
En las haldas de las diminutas túnicas, unos nombres: Julio Montalbán, de Muniesa; José Vivas, de Valdejunquera; Baudilio Hinojar, de Torrecilla...
—Todos estos niños embrujados suelen morir jóvenes —me dice una vieja.
Y añade: —«Angelets», más les valiera no haber nacido. ¡Para tanto penar!

Una niña endemoniada
¡Más les valiera no haber nacido! Para no cargar desde el umbral de la vida con el negro destino de una tan triste pesadumbre como el que abruma a esta niña de doce años, Rosarito Usó Petit.
—¡Está endemoniada desde los tres años! —me dicen su madre y otra mujer que la acompañan.
—¡Pobrecita, pobrecita! —reza el coro de brujas—. Fe en la Virgen y se curará.
Ya está la pequeña en manos de las caspolinas. ¿Qué monstruosidad prepararán?
Rosario Usó Petit —carita morena, siempre triste— sigue sin protestas a las brujas. ¡Juraría que mira a los hombres ya como una mujer! Mira y se le extravían las niñitas negras de los ojos.
—Haz lo que te digan esas buenas mujeres. Así te curarás. ¡Hija mía, y que falta nos hace!
Han venido —dos días de viaje— desde las alquerías del Niño Perdido, caserío situado entre Burriana y Villarreal. Dos vías férreas y la pista de turismo Valencia-Barcelona pasan por la zona de huertos floridos que lo rodean. Pero la superstición es más fuerte que el progreso.
—Cuando tenía tres años —me dice su madre—, comprendimos que estaba embrujada. ¡Hay muy malas brujas por allí!...
Obra de los demonios
Habla la pobre mujer con manifiesto convencimiento de la desgracia de su hija. Y hay momentos en que enronquece su voz de emoción y rueda por su mejilla una lágrima.
—Comprendimos que estaba embrujada al cumplir los tres años. Porque ¿puede revelar tan malos instintos una niña si no es por intervención de los demonios? A los tres años se complacía en atormentar a los animales. Acuchillaba a gatos y perros en sus juegos. Mataba las gallinas de la corraliza. ¡Inútil que la pegásemos para corregirla! En cuanto se ponía a su alcance un niño menor que ella, quería ahogarlo. Nos puso en más de un compromiso esta mala inclinación. Constantemente teníamos que vigilarla. Se entregaba a hacer mal por sistema. Primero parecía un poco entontecida. ¿Estará esta hija mía loca? —nos preguntábamos—. Para todo lo que fuera maldad mostraba una listeza y una picardía impropias aún de una persona mayor. A los seis años, la vida no tenía secretos para ella. Iba siempre a jugar con chicos mayores. Hacía diabluras con los de su edad. ¿Puede pasar esto sin ayuda de los demonios? Muchas noches, a altas horas de la madrugada, se levantaba y salía a la ventana. Hablaba, hablaba… Y cuantas veces la sorprendimos a nadie vimos. Hablaba con los malos espíritus. Ni se daba cuenta de que la espiábamos. Y decía cosas que yo no he sabido si no es después de quince años de casada. Cuando al día siguiente le preguntábamos por qué de noche no dormía y se levantaba para hablar por la ventana con alguien que no veíamos, ella nos decía:
—Me llama una voz, me llama una voz.
—¿La voz de quién?
—Yo no sé quién es; pero me despierta y me llama…
La música del rey Herodes
—Comenzó a ocurrir esto —prosigue la desventurada madre— cuando ya había cumplido nueve años y ya era mujer. Me dijeron que la niña se levantaba a oír la música del rey Herodes. Pero ella aseguraba que no oía música alguna; sólo una voz, una voz… Quizá sea sonámbula —pensábamos—. ¡Pero decía tales desvergüenzas!…
—¿Qué música es esa? —inquirimos.
—¿La música del rey Herodes? Pues una música que anda por los aires siempre, siempre, eternamente. Los que la oyen, o quedan embrujados o mueren a los tres días en pecado mortal.
Me explica el maleficio y el origen de esta extraña música aérea.
En el palacio del tetrarca de Judea, el degollador de Inocentes, se celebraba un baile. El baile en que danzó la propia hija del rey, Salomé, desnuda, con la cabeza de San Juan degollado en una fuente. Cuantos asistían a la fiesta fueron condenados a vagar por los aires. Músicos y danzantes. Mientras el Mundo exista, no acabará su castigo. Tocarán y bailarán unos y otros al claro de la luna entre las tinieblas negras de las noches, con frío y calor y en tiempo de nieve y de lluvia.
El cristiano que oiga la música quedará embrujado o morirá sin confesión.
—¿Y puede oír la terrible música cualquiera?
—Si se la hacen oír, sí.
—¿Cómo si se la hacen oír?
—Claro que sí, por medio de un maleficio. Y esa voz que oye mi hija en la noche, ¿qué puede ser sino obra de maleficio?
—¿Se levanta todas las noches para oírla?
—Ahora no sé, porque hasta hace poco la niña ha estado fuera de casa. A los nueve años cumplidos la metimos en el convento de monjas oblatas de Benicasim a ver si se corregía. Ha estado cerca de tres años. Las monjas nos la han devuelto, porque allí a nadie dejaba parar.
—¿Revoltosa?
—No dejaba vivir ni a monjas ni a chicos. Nos han recomendado que la casemos pronto.
—Pero es muy jovencita para pensar en eso.
Esta mujer, atormentada por las desventuras de su hija, concibe los mayores absurdos con tal de que Rosarito se libre de su mal.
—¿La han visto los médicos?
—Muchos la han visto y la han tratado. Dicen que cuando sea mayor mejorará.
La pobre niña ha permanecido cerca de una hora ante la imagen milagrosa. Le han quitado los lacitos azules que le colocaron en las manos y ha salido de la cueva un poco más risueña que al entrar. Nos mira con una expresión turbadora en los ojos.
Habla la pobre mujer con manifiesto convencimiento de la desgracia de su hija. Y hay momentos en que enronquece su voz de emoción y rueda por su mejilla una lágrima.
—Comprendimos que estaba embrujada al cumplir los tres años. Porque ¿puede revelar tan malos instintos una niña si no es por intervención de los demonios? A los tres años se complacía en atormentar a los animales. Acuchillaba a gatos y perros en sus juegos. Mataba las gallinas de la corraliza. ¡Inútil que la pegásemos para corregirla! En cuanto se ponía a su alcance un niño menor que ella, quería ahogarlo. Nos puso en más de un compromiso esta mala inclinación. Constantemente teníamos que vigilarla. Se entregaba a hacer mal por sistema. Primero parecía un poco entontecida. ¿Estará esta hija mía loca? —nos preguntábamos—. Para todo lo que fuera maldad mostraba una listeza y una picardía impropias aún de una persona mayor. A los seis años, la vida no tenía secretos para ella. Iba siempre a jugar con chicos mayores. Hacía diabluras con los de su edad. ¿Puede pasar esto sin ayuda de los demonios? Muchas noches, a altas horas de la madrugada, se levantaba y salía a la ventana. Hablaba, hablaba… Y cuantas veces la sorprendimos a nadie vimos. Hablaba con los malos espíritus. Ni se daba cuenta de que la espiábamos. Y decía cosas que yo no he sabido si no es después de quince años de casada. Cuando al día siguiente le preguntábamos por qué de noche no dormía y se levantaba para hablar por la ventana con alguien que no veíamos, ella nos decía:
—Me llama una voz, me llama una voz.
—¿La voz de quién?
—Yo no sé quién es; pero me despierta y me llama…
La música del rey Herodes
—Comenzó a ocurrir esto —prosigue la desventurada madre— cuando ya había cumplido nueve años y ya era mujer. Me dijeron que la niña se levantaba a oír la música del rey Herodes. Pero ella aseguraba que no oía música alguna; sólo una voz, una voz… Quizá sea sonámbula —pensábamos—. ¡Pero decía tales desvergüenzas!…
—¿Qué música es esa? —inquirimos.
—¿La música del rey Herodes? Pues una música que anda por los aires siempre, siempre, eternamente. Los que la oyen, o quedan embrujados o mueren a los tres días en pecado mortal.
Me explica el maleficio y el origen de esta extraña música aérea.
En el palacio del tetrarca de Judea, el degollador de Inocentes, se celebraba un baile. El baile en que danzó la propia hija del rey, Salomé, desnuda, con la cabeza de San Juan degollado en una fuente. Cuantos asistían a la fiesta fueron condenados a vagar por los aires. Músicos y danzantes. Mientras el Mundo exista, no acabará su castigo. Tocarán y bailarán unos y otros al claro de la luna entre las tinieblas negras de las noches, con frío y calor y en tiempo de nieve y de lluvia.
El cristiano que oiga la música quedará embrujado o morirá sin confesión.
—¿Y puede oír la terrible música cualquiera?
—Si se la hacen oír, sí.
—¿Cómo si se la hacen oír?
—Claro que sí, por medio de un maleficio. Y esa voz que oye mi hija en la noche, ¿qué puede ser sino obra de maleficio?
—¿Se levanta todas las noches para oírla?
—Ahora no sé, porque hasta hace poco la niña ha estado fuera de casa. A los nueve años cumplidos la metimos en el convento de monjas oblatas de Benicasim a ver si se corregía. Ha estado cerca de tres años. Las monjas nos la han devuelto, porque allí a nadie dejaba parar.
—¿Revoltosa?
—No dejaba vivir ni a monjas ni a chicos. Nos han recomendado que la casemos pronto.
—Pero es muy jovencita para pensar en eso.
Esta mujer, atormentada por las desventuras de su hija, concibe los mayores absurdos con tal de que Rosarito se libre de su mal.
—¿La han visto los médicos?
—Muchos la han visto y la han tratado. Dicen que cuando sea mayor mejorará.
La pobre niña ha permanecido cerca de una hora ante la imagen milagrosa. Le han quitado los lacitos azules que le colocaron en las manos y ha salido de la cueva un poco más risueña que al entrar. Nos mira con una expresión turbadora en los ojos.
—Para que me toquen esas viejas no quiero estar más ahí dentro —dice.
Y añade:
—Vámonos de aquí.
—¿Es verdad que oyes una voz de noche que te llama? —le pregunto.
—Muchas noches la oigo… Viene de muy lejos. Yo me levanto y salgo a la ventana. En el convento salía a la reja del dormitorio.
¿Serán verdad todas las cosas que me cuenta esta niña de su vida y de su estancia en el convento?
¿Dónde comenzará la normalidad y dónde la locura erótica que atormenta el alma y el cuerpo de esta niña mujer?
Un endemoniado de Caspe
He aquí el primer hombre endemoniado que comparece ante la imagen. Hasta ahora, los «posesos» que han desfilado por el semicírculo de la superstición han sido mujeres y niños.
Los espíritus infernales deben encontrar en ellos más fácil presa, y voluntades más dúctiles y maleables las caspolinas. A todos les han sido aplicados idénticos o análogos remedios para acabar con los terribles enemigos que los poseen. Las mismas escenas se han repetido durante toda esta jornada, que parece interminable, en el interior de la cueva sagrada. Frente al altar, un montón de vestidos, zapatos y alpargatas constituye sucio y maloliente testimonio de las repetidas derrotas infligidas a las huestes satánicas. Campesinas «posesas» han añadido a los trofeos largas trenzas negras, de las que se han desprendido en acción de gracias. Aquellas trenzas que en el paroxismo de los ataques se agitaban en sus cabezas como negras áspides y que no bastaban, deshechas, durante la lucha con los malignos, a cubrir sus desnudeces, exhibidas con impudor de inconsciencia.
Ahora un hombre clama por la liberación de su cuerpo y de su alma de la maléfica posesión que le abruma. Se llama Manuel Oliver, natural de Caspe.
Su voz se impone a las cantatas de los fieles. Grita como si le hicieran objeto del más cruel martirio.
Grita su desventura, impreca el milagro y maldice. Protesta de que en su pueblo digan que se hace el endemoniado para no trabajar. Desvarío de locura.
—Ahora —le dicen las brujas— pídele a la Virgen que te cure.
Y le dan agua para calmar su excitación.
—¡Virgen de la Balma, cúrame! ¡Cien duros te daré si me curas!
—¡Cien duros! —brama la multitud, como extrañada por la cuantía de la cifra.
Y tercian las brujas:
—¡Pídelo con toda la fe!
—¿Más fe? ¡Cien duros le doy ahora mismo si me cura! ¡Ella puede!
A voz en grito narra su desventura. Habla mal de la situación política de su pueblo e incita a la Guardia civil a que acabe a tiros con las autoridades que permiten que campen por sus respetos las brujas. Maldice a estos misteriosos personajes que le asisten y acusa como autor de su desventura al marido de su hermana. Expone algunos afectos íntimos de ésta a la pública vergüenza.
Reniega de que su hermana le haya llevado a médicos y casas de brujas. Narra los punibles procedimientos con que trataron de curarle. Afirma que tiene cuatrocientos demonios en el cuerpo. Cita los nombres de las personas que le maleficiaron.
—Me los dieron por los aires. Yo estaba labrando un «campico» de olivos y entonces me los dieron. Tres brujas, de acuerdo con su hermana, le maleficiaron. Tres brujas —de la masía del Ferrer. ¡Malas pécoras!
Bebe agua, y prosigue la incoherente narración de su desgracia.
Para que los demonios clavasen sus garras en su cuerpo, las brujas le dieron a beber con vino el cocimiento de una hierba.
—¡Sí —vocifera—, hierba que llaman las brujas de Santa Serpentina! ¡Cada hoja tiene quinientos demonios o más!
Para curarle, las brujas le daban cocimiento de «manrubio».
—Me azotaban con ortigas y con un corcho…
Con un corcho le hacían verdaderas iniquidades.
Así una hora, dos horas, hasta que cae rendido, extenuado, entre los cirios.
—¡No se curará! —dicen las viejas.
Sus familiares le recogen y se lo llevan. Su voz se pierde en las oquedades…
—¡Maldita hierba la de Santa Serpentina! ¡Cada hoja tiene lo menos dos mil demonios!…
Los demonios, en el mar
—¿Cómo te dieron los demonios?
—En el mar, en el mar…
Otro endemoniado es quien chilla ante la imagen: Joaquín Foncuberta, de cincuenta y nueve años de edad.
Cuenta también ante la imagen milagrosa su desventura.
Es un viejo marinero de la costa de Tarragona. Vive en la Ampolla.
Al salir un día de pesca en una barca de su propiedad, una bruja le echó una maldición. Tiró un cedazo viejo al agua para que en él viajasen los demonios. En la barca, el cuitado, su hijo y otro pescador. Plena mar. Los demonios del cedazo levantan una enorme tempestad. El barco, sin velas, va a merced de las olas. Una noche de lucha con la tormenta.
—¡La mes gran del mon! —vocifera—. ¡La tormenta más grande del mundo, como movida por los demonios!…
Pero los malignos no pudieron hacer zozobrar la embarcación pesquera. Amaneció el nuevo día y vino la calma. Proa a la costa.
Cuando ya estaban cerca, se levanta una enorme ola que arranca del barco al hijo y al acompañante. ¡No los pudo salvar!
Joaquín Foncuberta narra una y otra vez su desdicha, con las mismas palabras y las mismas lamentaciones…
He aquí el primer hombre endemoniado que comparece ante la imagen. Hasta ahora, los «posesos» que han desfilado por el semicírculo de la superstición han sido mujeres y niños.
Los espíritus infernales deben encontrar en ellos más fácil presa, y voluntades más dúctiles y maleables las caspolinas. A todos les han sido aplicados idénticos o análogos remedios para acabar con los terribles enemigos que los poseen. Las mismas escenas se han repetido durante toda esta jornada, que parece interminable, en el interior de la cueva sagrada. Frente al altar, un montón de vestidos, zapatos y alpargatas constituye sucio y maloliente testimonio de las repetidas derrotas infligidas a las huestes satánicas. Campesinas «posesas» han añadido a los trofeos largas trenzas negras, de las que se han desprendido en acción de gracias. Aquellas trenzas que en el paroxismo de los ataques se agitaban en sus cabezas como negras áspides y que no bastaban, deshechas, durante la lucha con los malignos, a cubrir sus desnudeces, exhibidas con impudor de inconsciencia.
Ahora un hombre clama por la liberación de su cuerpo y de su alma de la maléfica posesión que le abruma. Se llama Manuel Oliver, natural de Caspe.
Su voz se impone a las cantatas de los fieles. Grita como si le hicieran objeto del más cruel martirio.
Grita su desventura, impreca el milagro y maldice. Protesta de que en su pueblo digan que se hace el endemoniado para no trabajar. Desvarío de locura.
—Ahora —le dicen las brujas— pídele a la Virgen que te cure.
Y le dan agua para calmar su excitación.
—¡Virgen de la Balma, cúrame! ¡Cien duros te daré si me curas!
—¡Cien duros! —brama la multitud, como extrañada por la cuantía de la cifra.
Y tercian las brujas:
—¡Pídelo con toda la fe!
—¿Más fe? ¡Cien duros le doy ahora mismo si me cura! ¡Ella puede!
A voz en grito narra su desventura. Habla mal de la situación política de su pueblo e incita a la Guardia civil a que acabe a tiros con las autoridades que permiten que campen por sus respetos las brujas. Maldice a estos misteriosos personajes que le asisten y acusa como autor de su desventura al marido de su hermana. Expone algunos afectos íntimos de ésta a la pública vergüenza.
Reniega de que su hermana le haya llevado a médicos y casas de brujas. Narra los punibles procedimientos con que trataron de curarle. Afirma que tiene cuatrocientos demonios en el cuerpo. Cita los nombres de las personas que le maleficiaron.
—Me los dieron por los aires. Yo estaba labrando un «campico» de olivos y entonces me los dieron. Tres brujas, de acuerdo con su hermana, le maleficiaron. Tres brujas —de la masía del Ferrer. ¡Malas pécoras!
Bebe agua, y prosigue la incoherente narración de su desgracia.
Para que los demonios clavasen sus garras en su cuerpo, las brujas le dieron a beber con vino el cocimiento de una hierba.
—¡Sí —vocifera—, hierba que llaman las brujas de Santa Serpentina! ¡Cada hoja tiene quinientos demonios o más!
Para curarle, las brujas le daban cocimiento de «manrubio».
—Me azotaban con ortigas y con un corcho…
Con un corcho le hacían verdaderas iniquidades.
Así una hora, dos horas, hasta que cae rendido, extenuado, entre los cirios.
—¡No se curará! —dicen las viejas.
Sus familiares le recogen y se lo llevan. Su voz se pierde en las oquedades…
—¡Maldita hierba la de Santa Serpentina! ¡Cada hoja tiene lo menos dos mil demonios!…
Los demonios, en el mar
—¿Cómo te dieron los demonios?
—En el mar, en el mar…
Otro endemoniado es quien chilla ante la imagen: Joaquín Foncuberta, de cincuenta y nueve años de edad.
Cuenta también ante la imagen milagrosa su desventura.
Es un viejo marinero de la costa de Tarragona. Vive en la Ampolla.
Al salir un día de pesca en una barca de su propiedad, una bruja le echó una maldición. Tiró un cedazo viejo al agua para que en él viajasen los demonios. En la barca, el cuitado, su hijo y otro pescador. Plena mar. Los demonios del cedazo levantan una enorme tempestad. El barco, sin velas, va a merced de las olas. Una noche de lucha con la tormenta.
—¡La mes gran del mon! —vocifera—. ¡La tormenta más grande del mundo, como movida por los demonios!…
Pero los malignos no pudieron hacer zozobrar la embarcación pesquera. Amaneció el nuevo día y vino la calma. Proa a la costa.
Cuando ya estaban cerca, se levanta una enorme ola que arranca del barco al hijo y al acompañante. ¡No los pudo salvar!
Joaquín Foncuberta narra una y otra vez su desdicha, con las mismas palabras y las mismas lamentaciones…
Zorita del Maestrazgo, septiembre de 1929,
(Continuará.)




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