Tres días con los endemoniados, de Alardo Prats y Beltrán, 1929. (6/7)

TRES DÍAS CON LOS ENDEMONIADOS
Alardo Prats, 1929
Edición El Inquilino Guionista, 2020

El umbral del misterio

La multitud, que llena la enorme caverna, se ha renovado constantemente durante esta jornada de pesadilla. Más de doce mil personas llevarán a los más apartados pueblos el pregón de la milagrería de la Balma. Propagarán la fama de los «prodigios» con el entusiasmo de quienes los han visto de cerca. El demonio, la imagen, y cuantos de toda esta tramoya terrorífica y de estas insensatas mixtificaciones hacen granjería, tendrán en ellas creyentes firmes y apologistas convencidos. La superstición y fácil credulidad de las gentes, ¿podrán llegar jamás a un límite de racional cordura, una vez presenciadas las escenas monstruosas que se han desarrollado en el interior de la cueva? La montaña sagrada seguirá irradiando su influencia milagrosa sobre los pueblos. Su caverna continuará siendo una puerta de esperanza para enfermos y alienados; umbral de la zona misteriosa donde, entre rosas de sangre envenenadas de erotismos, florece la sugestión colectiva de los milagros.

Y estos inconfesables sentimientos de la multitud fanática, ¡cómo se han revelado en el turbio ambiente de la caverna! ¡Cómo hombres y mujeres se han exaltado ante la visión de la sangre que brotaba en las manos y en los pies de los endemoniados! Y las confesiones descarnadas y las crudas confidencias de los infelices posesos, ¿no habrán desatado en el público una tempestad de insanos deseos? En masa compacta, hombres y mujeres se estremecen ante las palabras de los enfermos y las escenas en que son actores. ¡Y no es la compasión ni la piedad la causa de los estremecimientos! Nadie se cuida de cubrir la triste verdad con hipócritas apariencias, ni aquí, en el interior del recinto sagrado, ni entre los roquedales, caminos, cuevas y bosques de la montaña, a los que dan las últimas luces del crepúsculo calidades de fantástico aguafuerte.

Los endemoniados mudos

—Estos —me dicen— son poseídos por los demonios mudos. Son los peores estos «malignos». Porque llegan a esclavizar de tal manera a sus víctimas, que ni siquiera les dejan quejarse de sus horribles sufrimientos.

Siete hombres, jóvenes los más, y ocho mujeres forman un impresionante grupo frente al ara de los milagros. Todos encerrados en un mutismo impenetrable. Pálidos, amarillos. La mirada como abstraída en un sueño. Están sentados en un largo banco de roble, rodeados de brujas, que les dan a beber agua bendita con tierra sagrada en pequeños vasos de latón.

—No, no hablarán—me aseguran las viejas cuando trato de interrogarles sobre sus terribles males.
Y añaden: 
—No comprende que los peores espíritus no les dejan.
—¿Y cómo los otros endemoniados hablan y gritan?
—¡Ah! Aquéllos no tienen los mudos. Se los dieron por los aires...
—¿Y a éstos cómo les dieron los demonios?
—Por la boca. Por eso han quedado mudos.
—¿Y no hablan nunca?
—Muy poco; pero cuando no están ante la imagen. Aquí, como los diablos andan indignados porque no quieren ver a la Virgen y sufren ante su presencia, no les dejan hablar.

¡Terrible mudez la de estos taciturnos endemoniados! Su contemplación impresiona mil veces más que la de los posesos furiosos.

Estos, sin que despierten verdadera lástima en el concurso, ¿qué negras melancolías destilarán en las estancias de sus almas, gota a gota, hasta que en los ojos enfebrecidos broten estas lágrimas que vemos rodar por las mejillas pálidas y flacas?

A excepción de dos, los endemoniados mudos de uno y otro sexo son jóvenes. Ninguno de los doce representa más de treinta años. Familiares e «interesados» que les acompañan me explican el origen de la desgracia acongojante que les abruma.

—A éste le dieron los demonios en un higo.
—Y a ésta, en un níspero.
—En un albaricoque a este otro.

Para vehículo del maleficio se han empleado las más diversas frutas y otros comestibles corrientes. ¡Y siempre el espíritu de la venganza y del despecho, y los celos, aparecen como móviles del embrujamiento.

Maridos burlados, novios con el drama de un cruel desengaño en el alma, mujeres víctimas de un malquerer, resaca de tragedias familiares, endemoniados mudos, taciturnos y con la sombra de una sobrehumana tristeza y de una negra melancolía en los rostros y en los ojos, abstraídos como en un sueño de pesadilla.

Los malignos mudos y el matrimonio

—¡Y siempre así! —reza una caspolina—. No hay fuerza que pueda liberarlos. Cuando uno de éstos se cura, ya puede decirse que la imagen ha hecho un gran milagro. Raro es el año en que esto acontece. El pasado año se curó una muchacha. Es de Tortosa. Ha venido ahora a la «fiesta», en acción de gracias, a dejar un ramo de flores en la verja. 

Tiene diecinueve años de edad. ¿Cómo le dieron los demonios a la tierna doncella?

La caspolina que la asistió el año pasado me lo explica:

—Esta chica servía en una casa acomodada de Tortosa. El señorito joven que le hace el amor. Un mozo florido. Si en el amor fueron lejos, ¡allá ellos! El mozo florido, de pronto, entabló relaciones con una señorita, con propósito de casarse. La nueva novia se entera de las andanzas de su prometido con la criada. Y a la mala pécora no se le ocurrió otra cosa que darle los demonios con un níspero. ¡Demonios mudos! Vino el pasado año a la Balma. ¡Lástima daba el verla! ¡La pobrecita tan guapa y tan triste! Yo la asistí. Todo inútil. Pero la imagen se apiadó de ella, ¡y se casó con el señorito!

Y resalta:
—¡No, si en el cielo hay justicia!

En la verja que rodea el altar de la imagen, un espléndido ramo de rosas blancas de trapo, aureolado por una sutil gasa, pregona la existencia y altos designios de la celestial justicia.

—Es igual al que llevó la muchacha el día de su boda —me dice— con la única diferencia de que aquél era de flores naturales.
La fe ciega

En las lanzas de la verja y en el interior del recinto, ex votos y otros detalles pregonan la fe de las gentes en la existencia de la celeste justicia; una fe que se manifiesta en la cuantiosa dádiva, y una esperanza en los altos dictados del cielo, que se traduce en dinero contante y sonante. La irreverencia de estas gentes llega a extremos sorprendentes. Hay endemoniado que a voz en grito lanza a la imagen la reprobable ofensa de prometerle cien duros si le dispensa la gracia de ahuyentarle los malignos seres que le atormentan. Nadie protesta ante tales proposiciones.

Durante estos tres días, la cueva está a merced de endemoniados y de exorcistas interesados. La representación de la Iglesia, a cuya jurisdicción compete el decoro y gobierno del culto que allí se rinde a la imagen milagrosa, la asume el ermitaño o sacristán. Este se encarga de recoger la cera que los devotos ofrecen para el culto, el aceite que mujeres de pomposas faldas y pañolones rameados traen de los olivares del Bajo Aragón en grandes alcuzas, pellejos y cántaros, en cantidades suficientes para que no se extingan durante todos los días del año las lucecitas de cuatro enormes
lámparas de plata que penden del techo de roca y para vender a su precio varios pellejos en el mercado de la villa.
Desprecio de lo temporal y alabanza de lo eterno

Custodia el sacristán la entrada de la verja, que bien ha menester tal custodia. Durante todo el día, una lluvia incesante de monedas ha caído en el interior del recinto. Calderilla en chorro, pesetas y duros, billetes de 25. Fiel ha habido que, llevado de su crédulo entusiasmo, arrojó una onza de oro. Entre la plata y la calderilla reluce el amarillo de monedas áureas de cinco duros.

Algunos concurrentes, de los muchos que han desfilado por la cueva, se han acercado a la verja con mal disimulada codicia sacrílega.

Pero el ermitaño no duerme.

—¡Ahí no se puede estar! —ha indicado, con palabra autoritaria.

Y he oído exclamar a un escéptico, víctima de una malsana y despreciable obsesión por las efímeras cosas terrenas:
—¡Recordons, dobletes i tot!

Dobletes son las monedas de oro de cinco duros.
La esplendidez del diablo

—¿Qué se viene a recoger durante estos días? —pregunto al sacristán.
—Depende del año.
—¿Cómo del año? ¿Quizás en los bisiestos hay más negocio?
—Casi, depende de que las cosechas sean buenas o malas.
—Cuando el año es bueno, ¿qué suele recogerse?
—No sé exactamente, porque yo no lo cuento. Pero alrededor de unas ocho mil pesetas.
—Y este año, ¿qué tal van las limosnas?
El sacristán mide con la mirada el tapiz de monedas, que alcanza el pie del altar. Es un tapiz con un espesor de cuatro dedos.
—Aquí habrá unas cinco mil o seis mil pesetas.
—¿Y qué se hace de este dinero?
—Hay una Junta que lo administra. Parte va a la Rectoría, parte al Ayuntamiento y otra parte al obispo.
—Y a la Virgen, ¿qué le queda?
—A la Virgen no le falta nada. Tiene ropa, mantos, alhajas...

Finado el día, la Junta administradora de la cueva, de la que forman parte las autoridades eclesiásticas y municipales de Zorita, se persona en el recinto que guarda la reja. El sacristán, con una pala y un capacho de esparto, recoge el dinero. La Junta en cuestión se incauta de las limosnas, y ¡hasta el año próximo!

¡Aún hay fe! ¡Aún hay fe! Y los demonios que llevan los «posesos» en el cuerpo no dejan de ser generosos.

Los murciélagos de la cueva

Con las primeras sombras de  la noche las caspolinas han salido de la cueva. Emprenden a la última claridad del crepúsculo, apenas abandonan su tenebroso nido, su ir y venir de negros murciélagos por los senderos de la montaña, por la amplia calzada, desbordante de gente. Faldas negras, realzadas por el amplio hueco de los refajos superpuestos; mantones y pañuelos negros. ¿No les da esta vestimenta todo el carácter de esos murciélagos que pueblan las oquedades que se abren en el roquedal? Sobre la serranía, la luna en menguante, la media luna sarracena. En el cerco del horizonte ya ha colgado la noche —avanzada de la celestía— el primer lucero.

El ermitaño, con voces destempladas, ha logrado que la multitud abandone la cueva momentos antes de la recogida de las ofrendas que los fieles depositaran al pie del ara de los prodigios. La cueva permanecerá cerrada hasta mañana.

—Se tiene que cerrar por fuerza —me dice el ermitaño—, para evitar abusos durante la noche.

Los abusos que se han desarrollado en el interior de la espelunca no quieren que se acentúen con la agravante de la nocturnidad. Realmente, la complicidad de la noche se podría tomar como un mal menor ante las monstruosidades perpetradas durante el día.

Y añade el ermitaño:

—Ahora, ¡a divertirse!
—¿Pero la gente viene a divertirse?
—¡Ya lo verá, ya lo verá! —dice sonriendo, malicioso, mi interlocutor—. Si quiere divertirse, yo le presentaré a una mujer que esta «en todos los ojos».

La mujer que esté en todos los ojos es una caspolina, la misma que hemos visto entregada a la loable empresa de sacar demonios del cuerpo de las infelices posesas durante todo el día. Esta misma mujer que aparecía y desaparecía de la cueva, la que veíamos tan pronto en la calzada como en el pasadizo de la hostería platicando con jóvenes y viejos, exaltando los milagros portentosos, consolando a los endemoniados o hablando con los familiares de éstos.

—¡Sabe mucho esta mujer! —nos han dicho. 

Mucho más que los médicos, es de Caspe y es conocida en la Balma desde hace más de treinta años. Representa ahora unos sesenta. No ha sido posible averiguar su nombre. Mas su figura y la expresión de inteligencia de su rostro difícilmente las olvidaré en toda mi vida. Desde el primer momento su mirada domina al interlocutor.

—¡Cura «de gracia»!—me dicen—. Nació en Jueves Santo.

Parece ser que el nacer en tan señalado jueves coloca a los mortales en una situación de superioridad extraordinaria. Esta mujer posee esta superioridad.

Ella misma no se recata de manifestarlo. Me habla de las incontables y prodigiosas curaciones que ha realizado. Cura personas y animales. ¡Admirable mujer! Y, sobre todo, no anda remisa en el cobro previo del importe de sus servicios.

Tiene ensalmos para el mal de amor. Sabe neutralizar los impulsos de los «malos odios» que gentes hechiceras lanzan contra sus enemigos. Y por una cantidad relativamente módica enloquece a una doncella cualquiera en esta noche de sortilegios, infundiéndola una desaforada pasión por un desconocido.

—Para los alumbramientos —me dice una mujer—, no hay otra con mejor mano, como para arreglar desavenencias entre novios y avenir mal casados.
—¡Buena amiga se ha echado usted esta noche! —apunta un viejo, al que solo le fallan las patas caprinas para que sea un fiel trasunto del sátiro—. ¡Buena amiga! No se arrepentirá de su amistad.

Estamos en una cueva de la montaña, iluminada por la contradanza de llamas de una hoguera encendida entre tres piedras, sobre las cuales borbotea una enorme «paella», donde se condimenta un arroz con carnero.

La caspolina, en este momento, se inclina sobre el recipiente de cocinar y espolvorea unas briznas de azafrán, que previamente muele con los dedos, sobre el arroz.

—Bruja, afamada en sus misteriosos cocimientos, parece —comento.
—Y bruja es —me asegura la voz de la maledicencia—. No se dejaría colgar por 50.000 duros. Todo lo ha ganado con el brujerío.

La caspolina se escuda contra mis preguntas en una cortesía que revela demasiada inteligencia en una mujer al parecer del campo. Habla con recelo y no suelta prenda.

—¡Pobre de mí! ¡Si yo solo curo algunas dolencias y enfermedades vulgares! ¡Lo que puede hacer la «práctica», nada más! —asegura humildosa—. Para ayudarme a vivir…

El viejo silvano se obstina en convencerme de que la caspolina es la mayor bruja que se ha conocido.

—Me dejaría ahorcar si esta noche no le encontrásemos 200 duros en billetes en la faltriquera. Apostaría cualquier cosa a que sí. ¡Da para mucho el ser bruja! 

La montaña se va llenando da hogueras, de risas, de suspiros.

Noche pagana.

Zorita del Maestrazgo, septiembre de 1929,
(Continuará.)

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